Hace unos años un grupo de amigos con manifiestos vicios literarios, descubrimos la existencia de un espíritu errante que anduvo dejando sus huellas seculares por todo el planeta. Y se nos ocurrió investigarlo, seguirle las pisadas. Hasta donde sabemos se trata de un narrador y poeta, que tiene afortunadamente una huella inconfundible. Aunque no podemos dar plena fe de su certeza, una historia referida a esa huella se repite por doquier. Se cuenta que un hombre en los primeros siglos de la era cristiana, fue tomado prisionero, y al momento de ser encerrado, ante la opresión del carcelero dijo: “gracias a Dios, tengo el espíritu libre” (con algunas variantes según la traducción de que se trate). Ignoramos el nombre de ese personaje, pero firmó sus escritos con las iniciales de la frase pronunciada; un acrónimo que lo largo del tiempo ha aparecido en textos muy disímiles aunque adaptados al idioma usado. Pues bien, nos hemos propuesto recopilar absolutamente todos ellos, incluidos los posibles apócrifos, y desentrañar su significado. Historiadores, museólogos y entusiastas de todas partes del mundo son nuestra fuente de alimentación e internet nuestra eficaz colaboradora. Aquí está el resultado de nuestro trabajo, que no es remunerado, salvo la satisfacción de encontrar un nuevo texto, que en ese caso: no hay dinero que lo pague!

sábado, 29 de mayo de 2010

Dream´s stuff (*)

  El futuro pertenece a quienes creen en la belleza de sus sueños.                     
                                                Eleanor Roosevelt (1884-1962)
                                                             

Un ruido seco despertó a Franz. En el piso junto a su cama se había caído un sueño. Lo miró y un gesto de interrogación le despabiló la cara, porque el sueño no era suyo. Miró la hora, se vistió apurado (como de costumbre), lo recogió inconscientemente, lo colocó en un bolsillo del saco salió a improvisar la vida. Y allí estuvo rebotando en el oscuro como la mente de un demente, sin ser tenido en cuenta.
El sueño se hartó de tanta apatía y súbitamente saltó del textil encierro hacia la luz, hacia la vida a buscar soñadores.
Y con un transparente hálito de energía, el alucinador de las mentes dormidas se adhirió sobre la espalda de una mujer que en ese momento pasaba junto a Franz y se fue con ella.
Se desparramó sobre sus rollizos excesos corporales y penetró a través de
los poros hasta las más insondables profundidades. Fue entonces que la amplitud de la figura de la muchacha se comenzó a contraer a cada paso.
Luego de unos metros su cuerpo fue otro y el andar se tornó sugestivo. Provocó las miradas obscenas de jóvenes que lanzaron ardientes besos voladores. Muy pronto los improvisados galanes se le acercaron a susurrarle impúdicas propuestas que arrancaron de la joven una maliciosa sonrisa de felicidad.
Y satisfecho el sueño se deslizó etéreo por la espalda de la joven, luego por sus glúteos y finalmente saltó al piso, estampándose en la vereda en forma de una masa gomosa transparente.

Una pelota de fútbol semidestruida cayó violentamente sobre él.
Cuando un pibe de modesto y desprolijo aspecto llegó agitado a recogerla, el gelatinoso sueño se metió entre los dedos. Con cara de asco el aspirante a futbolista se limpió la pegajosa masa en el pantalón corto y comenzó a correr de regreso al potrero para seguir con el juego. Al llegar, quedó atónito al ver a los vagos de su equipo con flamantes camisetas de fútbol. Se restregó los ojos con los nudillos de ambas manos. Se le cayó la pelota de fútbol nueva, sin usar que traía debajo del brazo. Vio al potrero transformado en una cancha de fútbol de dimensiones monumentales. Se agachó sin bajar las cejas arqueadas en lo alto de la cara, ni la vista clavada en el verdor del césped, y agarró el balón.
De pronto giró la vista hacia la cara de Messi que le gritó: “largá la pelota, pibe!”.  El pibe se la pateó, y entró corriendo a la cancha mientras juntaba la gelatina que quedaba adherida en las manos. Hizo con ella una  bola y la lanzó con fuerza hacia arriba, sonriendo de felicidad.
Y yendo a la carrera, entró en la cancha gritándole a su ídolo: pasala, morfón!…

El sueño que subió vertiginosamente como un globo de gas, le pegó a un pequeño hornero que pasaba solitario y al momento se transmutó en una magnífica águila dorada que como un planeador viviente, voló silenciosa sobre los edificios del barrio. Cobró altura y descendió nuevamente, una y otra vez hasta que el crepúsculo transformó el blanco de sus plumas en anaranjado. El majestuoso animal enfocó entonces su aguda vista sobre los seres humanos que transitaban la vida sobre la tierra.
Vio a un escritor en soledad, esforzándose por hilvanar ideas y encontrar las palabras justas que se negaban a aparecer. Tomaba su cabeza con ambas manos como queriendo impedir su fuga y retenerlas, sin ningún resultado.
Lanzándose en picada con violento ímpetu, dejó caer de sus garras un poco de la gelatina, que como una fina lluvia humedeció imperceptiblemente la cabeza y la espalda de ese coleccionista de palabras y recuperó su vuelo de altura perdiéndose en la inmensidad del atardecer.
La mente y el alma de ese atribulado gestor de historias imposibles fueron invadidas por sus sueños. Un alivio instantáneo le hizo bajar las manos, y levantar la cabeza lentamente. Miró a su alrededor y se vio rodeado de  increíbles personajes. Al primero  que distinguió fue el barbado Julio Cortazar, que contaba anécdotas parisinas. A su lado el introvertido Fernando Pessoa lo escuchaba atentamente y mas atrás vio a un joven Borges de pié, sosteniendo un vaso de whisky en su mano. No podía creer que ellos estuvieran realmente allí, de modo que decidió comprobarlo preguntándole a Borges por su madre, a lo que el joven respondió que estaba bien, y le agradeció cortésmente su interés, con una sonrisa de satisfacción. Y se sentó junto a él palmeándole amigablemente el hombro. Y luego comentó sus trabajos con todos ellos, feliz, invadido por el entusiasmo como un niño con juguete nuevo.

Y se hizo de noche. De repente el sueño se acordó de Franz. Recordó que Franz anoche no lo soñó y salió velozmente a buscarlo. Pero a pesar de su esfuerzo, no lo pudo encontrar. Cansado, decepcionado, se refugió transparente debajo del alero de un balcón, y se puso a meditar.
Fue entonces cuando se dio cuenta de su error, de porqué no encontró a Franz, y sentenció en voz baja:

-“Son los hombres, los que deben perseguir a los sueños y no los sueños a los hombres”.

Esa misma noche el sueño esperanzado fue a la casa de Franz, se instaló sobre la mesita de luz como siempre y lo acompañó mientras dormía.
Pero como todas las noches Franz se durmió sin buscarlo.
El sueño cansado por el trajinar, se durmió lentamente y nuevamente… se cayó.
Se dio un porrazo junto a la cama, y el ruido seco despertó a Franz!.


gadteel 2009


(*) Cosa de sueños
Este cuento fue encontrado en Salamanca en la localidad de Cantalpino, cuando uno de nuestros investigadores realizó una travesía por España en 2002 en busca de nuevos trabajos. Se cree que el relato tiene una antigüedad de entre 70 a 75 años. El nombre del ídolo futbolero fue premeditadamente cambiado ya que nombre original resultaba ilegible. Extrañamente sucede lo mismo como los nombres de los escritores del que solo se lee con certeza Vallejos. Estimamos que esto no altera el valor del relato. Agradecemos la colaboración a m2.

lunes, 3 de mayo de 2010

Los encerrados


 
La vida tenía un cuerpo
La esperanza tendía sus velas…
De la noche surgía
Una cascada de sueños

Paul Eluard (1895-1952)







Tal vez lo más insoportable, sea la oscuridad...
Estoy seguro que no hubo más de un crepúsculo, allá afuera. Pero aquí dentro han pasado los siglos camuflados de sigilosos minutos, en un encierro trágico.
El tiempo ahogado en una profunda e infinita oscuridad.

Tal vez lo más insoportable es este silencio….
Un sordo transcurrir de la realidad, solo interrumpida por una furtiva inhalación brusca, ó una resignación tragada apretadamente. Rebeldes anunciantes de que somos prisioneros de un silencioso universo de sombras y que, como aquel hacedor borgeano, deja a la memoria la posibilidad de recrear el mundo cuando la vista le es negada.
Negados como los sonidos. Imaginen mudas carcajadas de dentadas bocazas abiertas, o mudas metrallas derribando a harapientos refugiados de eternas guerras étnicas…
Y desgarrando la imagen: el obstinado silencio!

Somos muchos a quienes nos junta el encierro. Lo presiento.
Juntos por el abandono en una espera inacabable. Inagotable realidad de tiesos personajes que habitan perplejos un gris submundo.
Un aire gélido me sugiere que es de noche, allá afuera.
Nuestra ropa lleva mucho tiempo adherida al cuerpo por un invisible y sucio pegamento. Y en algunos casos, estoy seguro que forma parte del mismo. Humedad, transpiración condensada.
Estamos todos espantosamente quietos, aunque volemos irremediablemente con los pensamientos, dejando atrás grande charcos de sombras, buscando la luz desesperadamente. Girando… siempre girando!
Por la parte superior del sombrío recinto, entra de pronto un tenue hilo de luz, que deja ver a su paso, los contornos de figuras de un cuadro confuso. Puedo ver entre sombras las entumecidas figuras de mis otros compañeros.
Ahora, el frío sediento de proezas cristalinas, declina ante la austera calidez diurna.
Llega el inconfundible ensayo de un lejano despertar de pájaros. (Claro!. Es el amanecer!)
Ahora la luz, como lluvia de rayos se filtra por el techo, dejando ver la patética metáfora de los seres humanos. O… casi humanos…
Mi nombre es pura fantasía, y mi trabajo es combatir (como aquellos insoslayables guerreros homéricos, pero sin la gloria de la eternidad). Estoy entrenado por los que inventaron el hoy sin el mañana, el hombre sin alma y la vida sin esperanzas. Trabajo para un artesano de la desolación. Un cuasi-hombre de magnitud perversamente mitológica por la violencia y el poder semejantes a Ares o Zeus. En el núcleo en que nos movemos, le apodan: “el nene”. Patética metáfora de la crueldad, de la que fueron victimas algunos subordinados, quienes han perdido algún miembro por la brutalidad e inconciencia de éste manipulador.

Nadie habla, pero puedo escuchar el murmullo colectivo de sus pensamientos.
Como barcazas que emergen de la niebla, veo tomar forma a mis compañeros a medida que la luz se va haciendo más intensa. A mi derecha, con las piernas hacia arriba hay otro soldado. Descansa en una extraña posición. Veo sus botas destruidas, raspadas, sucias….
Frente a mí, sentado en el suelo, hay un chico de unos cinco años, rubicundo, pelo largo erizado y maltrecho, con cicatrices en la cara. Tiene un overol azul semi-destrozado sobre una camiseta a rayas multicolor. Los ojos fijos mirando hacia la nada y una expresión de maldad…

Comienza a hacer calor y el asfixiante encierro enrarece de nerviosismo el aire.
Recostada sobre una sombría pared hay una mujer delgada, rubia. Hermosa muñeca de escasas virtudes, que mira fijamente (con estupor) al chico, como buscando una explicación.
Es que no entiende la jugada del destino que la llevó allí. Ese no es su lugar, su ambiente natural, pues había sido concebida para una vida de lujo y juegos.
Por su delicada piel, ahora comienza a deslizarse algunas gotas de sudor.
Una moto sin su rueda trasera, junto a un hombre tirado a su lado, una vieja escoba y una tapa de gaseosa gigante junto a otros cacharros, completan mi limitada visión del ambiente.
En la estancada oquedad de la gran habitación, un grito proveniente de las penumbras me deja perplejo. Alguien en estado de crisis, entra en pánico y con una voz desgarradora pide: déjenme salir!, por favor queremos salir!...
El calor se hace cada vez más insoportable. Veo como un grandulón se deja caer sobre la rubia y van a parar ambos al suelo. Todos se enardecen. El chico lanza una potente carcajada que se destaca entre el murmullo general. Aumenta el clima de tensión y confusión entre todos nosotros, presas del encierro.
Cuando nada peor podía suceder, entonces lo inesperado: toda la habitación comienza a sacudirse y nos movemos de un lado al otro como un barco en una tempestad!
Y el calor, y los gritos, y el ruido…
Y la desesperación, y la incertidumbre y… de pronto: desaparece el techo!
Una luz intensa, enceguecedora y ardiente nos alumbra potente.
Y entonces se oye una voz humana de mujer, que dice:
 

-“ Nene! … Al patio no!, colocá la tapa a esa caja de juguetes y vení adentro que todavía   
    estás castigado!”-
-  Brruúmmm! …
Tal vez lo mas insoportable sea la oscuridad.

GADTEEL



Firmado originalmente como Tomás Oliverio Y. Salas.
Creemos que ello se debe a un juego de Gadteel, ya que el acrónimo del inexistente autor, revela la solución de la trama (TOYS= juguetes).
El manuscrito nos fue hecho llegar en 1983 por una amable señora de nacionalidad chilena de apellido Salas. Formaba parte de la biblioteca de su difunto esposo.
Muchas gracias.

sábado, 27 de marzo de 2010

Incomunicación


Muchas veces las palabras que tendr¡amos que haber dicho no se presentan ante nuestro espíritu hasta que ya es demasiado tarde-
 André Gide  (1859-1951)



Yo no soy de esas que reniegan de su condición natural, pero a veces admito que me faltan las palabras y que no puedo expresar mis sentimientos.
Claro ejemplo de ello, fue lo acontecido el último domingo. Anteayer.
Brukland es particularmente frío e inhóspito en el mes de enero cuando sopla el viento del este. Encinas y abedules nevados, las montañas con sus lluvias invernales y la soledad que es más dolorosa que todo, pues congela el alma.
Yo estaba en la cocina esperando que él llegase para desayunar, cuando abrió la puerta que da al patio y entró de mala manera. Empujó la puerta con el pié y dio un portazo con tal fuerza, que hizo caer un retrato de mi madre, que estaba apoyado en la repisa.
Fue derecho hacia la cocina y echó el café que había puesto a calentar antes de salir, en su taza preferida. Me miró de soslayo sin hablarme mientras el humo salía de la taza buscando las alturas de la cocina.
Encaminó sus pasos hacia la mesa y se sentó junto a mí y echó leche en la taza que llevaba escrito su nombre. Desde donde yo estaba solo se podía distinguir las primeras letras (Wit). Witold no era mala persona, solo demasiado rudo e incomunicativo.
Se que me quiere, porque me lo ha dicho muchas veces cuando estoy entre sus brazos, aunque esas actitudes no lo demuestren.
No echó azúcar en el café, pues siempre lo toma amargo, pero tal como era su costumbre, lo revolvió con la cucharita para enfriarlo un poco.
A mi no me sirvió nada! Me quedé mirándolo fijamente para ver si reaccionaba, si tenía un pequeño gesto de atención aunque más no fuera. Pero no, siguió ignorando mi presencia, actuando como si no existiese.
Sin mirarme se puso de pie, bebió el café con leche de un sorbo refunfuñando algo entre dientes. Notoriamente molesto y distraído dejó la taza apoyada sobre el cenicero y se dirigió con resolución hacia un paquete de cigarrillos que estaba sobre la mesada.
Encendió un cigarrillo mirando hacia el techo e ignorando mi presencia una vez más. Hizo anillos de humo no para alardear de su habilidad, sino para perder su mirada a través del humo.
No pude saber que problema pasaba por su mente alterada, que lo hacía actuar de esa manera conmigo, que siempre le he sido servicial y fiel. No habíamos tenido ni siquiera un motivo de disgusto que justificara en parte su comportamiento. 
Siguió sin hablarme, ahí parado como una estatua con una mano apoyada en la cintura, mientras sostenía el cigarrillo con la otra. Volcó la ceniza junto a mi pierna con un seco sacudón de su dedo índice sobre el cigarrillo, sin dirigirme la mirada ni notar que casi la tira sobre mí.
De pronto, resueltamente, colocó el cigarrillo en su boca y se puso el impermeable.
Se acercó a la ventana para ver el tiempo y se puso el sombrero porque llovía.
Caminó unos pasos hacia mí y se detuvo con un gesto duro, mirándome fijamente.
Entonces creí que me hablaría, o me acariciaría. No se? algo!...
Pero sin decir palabra, dio media vuelta, abrió la puerta y se marchó bajo la lluvia.
Dio otro portazo que permaneció retumbando en mis oídos un largo rato y me quedé otra vez sola, sin Witold en aquella mañana gélida de domingo.
Y me cubrí la cara con las manos y lloré desconsolada, al no poder expresarle mi soledad. Mi aguda y prolongada queja quebró los cristales del silencio 


Y lloré como toda perra fiel, que pierde el cariño de su amo.

GADTEEL



Cuento hallado en 1945 en París, entre los papeles originales del guión de la película "Les enfants du paradise" de Jacques Prevert, indudablemente basado en el poema "Palabras" del dicho escritor, al que Gadteel ha demostrado admiración.

domingo, 14 de marzo de 2010

El mundo de Abel Gross

El miedo puede llevar a los hombres a cualquier extremo - Tito Livio
 
Una madrugada de julio, Abel Gross se fugó de Autzwich luego de tres largos años de encierro, mezclado entre la mierda en un tanque atmosférico.
Viajó durante trece noches para evitar ser descubierto a la luz del día, hasta llegar a Brasov en Rumania, donde se encontraban sus hijos refugiados en una cabaña en los montes Cárpatos junto a su hermana Betania. Su esposa Hannah había sido quemada a los pocos meses de entrar al campo de exterminio.
Abel llegó al alba, a la modesta casa de madera en las montañas de Fagaras, casi imperceptible entre la espesura de la vegetación, ante la alegría y la sorpresa de su familia.
Los tres niños habían sido cuidados amorosamente por Betania a pesar de los magros recursos económicos y estaban saludables, hermosos. Abel comió en abundancia y durmió durante el resto del día, recuperando asi las pocas fuerzas que le quedaban. A la noche cenaron los cinco en un profundo silencio bajo una débil luz de velas. Los más curiosos miraban por el rabillo del ojo, sin torcer las cabezas, inclinadas ligeramente hacia adelante sobre los platos. Cuando terminaron de cenar, los chicos fueron enviados a dormir todavía exaltados por el reencuentro. Luego de una amarga conversación los siguieron Betania y Abel. En la madrugada, Hannah con un vestido negro de tela de fibras cárnicas calcinadas y un penetrante e insoportable olor a quemado, entró en la cama junto a su esposo. Apoyó su oscura cabeza rala sobre la blanca almohada y acariciándole el pelo le pidió algo al oído. Abel abrió los ojos de par en par. Se levantó con sigilo y ahorcó a toda su familia. Primero a los niños y luego a su querida hermana Betania. Los arropó bien y les dejó un beso estampado en la frente de cada uno, y volvió a acostarse más aliviado.
A la mañana siguiente, el seis de agosto de mil novecientos cuarenta y cinco, buscó en los armarios y encontró una escopeta de caza y varios cartuchos. Se acomodó en un banquito de madera, colocó el caño en la boca, apretó el gatillo con el dedo gordo del pié mientras  pensaba :
-No voy a permitir que mi familia padezca el horror que hemos vivido con Hannah. Esta guerra nunca va a acabar mientras quede un judío vivo-.
Pero el sonido del disparo no lo escucho ni Dios, que distraído como siempre, estaba absorto en la explosión de una bomba que ese mismo instante, destruía Hiroshima y marcaba... el final de la guerra.

GADTEEL

Este manuscrito fue hallado en 1954 en la República Argentina, entre los papeles de investigación de Simon Wiesenthal, en un centro de documentación judía en la localidad de Ezeiza, en la provincia de Buenos Aires. Las siglas originales corresponden al idioma hebreo.

jueves, 11 de marzo de 2010

El Bostezo de Saskya


El tiempo a puesto muchas veces remedio a aquello que no ha podido ponérselo la razón
Séneca (4 ac- 65 dc)



Saskya fue un ser especial y la voy a extrañar infinitamente. La conocí hace una o dos vidas atrás, el día que llegó de Marte. Un martes. Recuerdo que la dejé dormir con los otros chicos espaciales y especiales.
Su pelo negro revuelto le caía sobre los blancos mofletes. Blancos… como las sábanas que desde hacía tres, trescientos o tres mil años, la cobijaban como una madre.
Aunque eso nunca fue un obstáculo para cruzar a nado el mar Muerto, o jugar con las olas del Pacífico en California, dejándose llevar sentada sobre ellas.
Saskya siempre tuvo un espíritu intrépido. Me acuerdo cuando se fugó del hospital con Joan, y se fueron a recorrer el mundo cinco semanas en globo. Regresaron tan frescos como salieron en cinco minutos.
Ah, también recuerdo que, durante mi ausencia, una noche formó parte de una expedición hacia el pleistoceno en afán de montar un herbívoro cuyo extraño nombre no me viene a la memoria.
Pero desde unos siglos atrás a esta parte, ya se venía sintiendo mal. Tenía como bichitos en la panza (me dijo), dormía más tiempo de lo habitual y no quería salir a bailar o a patinar con la frecuencia que lo hacía hasta entonces.
Me acuerdo que fue una mañana oscura cuando sucedió. Las mariposas fugaron de su boca, con un gran bostezo. Las pequeñas bestias aladas que se refugiaban sus dientes fueron las primeras en salir, pero la bandada principal vino desde su vientre.
Las negras mariposas cobraban colorido al salir de la boca a borbotones y crecían conforme levantaban un caótico vuelo. Llenaron la habitación de caprichosos destellos, que imprimían reflejos fluorescentes en las paredes. Y crecieron de a miles, de a millones!
Inundaron el espacio de rojos, azules y amarillos. Las que no tenían espacio para volar se paraban sobre la cara de Saskya, caminando sobre su frente, parándose sobre su nariz…
Al amontonarse se empujaban y algunas caían sobre los ojos de la niña, quién con rápidos movimientos, los cerraba para evitar que sus patas dañaran la cornea.
Tanto fueron los meses de abrir y cerrar los ojos que un día se cansó.
Y Saskya cerró para siempre los ojos que abrió por primera vez cinco años terrestres atrás.
Y de pronto las mariposas, desaparecieron y Saskya también.



GADTEEL

Encontrado en Dublin, Irlanda en1911,
entre el
material original de la Biblioteca Nacional.

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